Lenguaje

¿Has escuchado cómo te hablas a ti mismo?

Aunque hay personas que se tienen en muy alta estima, sinceramente, esto no es lo habitual. Lo más normal es que cuando hablamos de nosotros mismos siempre lo hagamos con displicencia, dureza, negatividad, incluso castigándonos. Sí, así es. Incluso cuando intentamos ser positivos finalmente la liamos “solamente” con el lenguaje usado. Vamos, destacando lo peor que tenemos. ¿Y si probamos a querernos un poquito más?

La negatividad en el lenguaje genera parálisis en nuestra propia vida, alimenta la autocompasión y envenena la autoestima. Lo peor de todo es que acabamos creyéndonos nuestras propias frases que muchas veces solo sirven como parte de una conversación para salir del paso.

Me gustaría que con esta entrada en este blog tú, que me estás leyendo, te des cuenta de cómo usamos un lenguaje negativo incluso como respuestas a frases que son todo lo contrario. Y de cómo eso influye en el que nos escucha.

Aquí os dejo algunos ejemplos, y seguro que la próxima vez estáis más “al quite”.

1. Alguien te dice: “Hay qué ver lo guapa que estás hoy”. Y contestas “¡Qué va! Creo que exageras. Si esta mañana ni me he mirado al espejo de las prisas que llevaba… Seguro que tengo una pinta horrible…”. Hala, adiós piropo. Con lo bien que te veía la otra persona y tienes que darle pistas para pensar lo contrario… Con lo fácil que es dar las gracias y callarse un rato…

2. “¡Qué torpe soy!”. Qué manía de repetir esta frasecita de marras. Si te equivocas en algo, te disculpas y sigues adelante, pero si repites a todo el mundo que eres torpe, al final los demás será lo que pienses (total, es lo que tú dices de ti mismo). Pero lo peor es que tú te crees que lo eres.

3. “No sé ni lo que digo, ¡dónde tendré la cabeza hoy!”. Pues con un “Disculpa, déjame que lo piense un poco más, si te parece” a veces es suficiente.

4. “No, si ya sabía yo que esto no podía salir bien, ¡era imposible!”. Si lo dices en referencia a ti mismo, esta frase es lo mismo que decir “Me rindo”. Si piensas en la ridiculez de la frase, más lo es verbalizar su significado: si ya sabías que algo no podía salir bien (refiriéndote a algo que te ha pasado), no lo hubieras hecho; y si lo has hecho y las cosas han resultado de otra forma… pues a volver a replantearlo, a repensarlo, a rehacerlo, a buscar otra opción más apropiada. Y en esta retahíla sobra el “no” y el “rendirse”, que se puede sustituir por otra cosa que signifique seguir adelante en cualquier dirección que elijamos y consideremos apropiada.

5. “No puedo ni con mi alma”. Más dramatismo, imposible.

6. El típico ejemplo de la cocinera que se autocritica. Cuántas veces hemos ido a comer a casa de nuestros padres, hermanos, tíos, amigos, pareja… Estamos comiendo felices, disfrutando de manjares deliciosos y decidimos reconocérselo a quien ha cocinado: “¡Delicioso, mamá!”. Y nos contesta: “Bueno, quizá le falta sal. ¿No os parece que está muy seco el pollo? Quizá ha cocido demasiado”. Y nosotros, los agradecidos comensales, ¡no habíamos sacado ni la más diminuta de las pegas! Con esta frase victimista la madre del ejemplo solo consigue que nos fijemos en la insignificancia de cosas que ni habíamos notado.

monos-whatsapp
Los tres monitos (oír, ver y callar). Y nuestra manía del “no” delante. 

Deberíamos aprender a ser más indulgentes con nosotros mismos. Más flexibles, menos duros. Sobre todo, más positivos. Si cambiamos la forma de expresarnos sobre nosotros mismos, también cambiará la impresión de los demás tienen de nosotros. ¡Haz la prueba!

Y es que muchas veces nuestro subconsciente nos juega malas pasadas. Tenemos un cierto masoquismo para regodearnos en nuestros defectos, hasta en el grano más diminuto que nadie más que nosotros -que la conocemos desde que nacimos- podemos vislumbrar en un rinconcito de nuestra frente. Deberíamos aprender a ser más indulgentes con nosotros mismos. Más flexibles, menos duros. Sobre todo, más positivos. Si cambiamos la forma de expresarnos sobre nosotros mismos, también cambiará la impresión de los demás tienen de nosotros. ¡Haz la prueba!

O cuando nos encontramos una arruga. ¡Dios mío! ¿Una arruga? Vamos, lo más extraño y dramático del mundo, ni que nadie las tuviera (mejor dicho, luciera). Como si nos encontramos veinte. Deberíamos empezar a pensar que en lugar de signos de envejecimiento, como nos dicen en los anuncios, son símbolos de alegría -porque el reírse y sonreír nos hace felices y se nos nota en la cara- y de experiencia -porque cuando van pasando las décadas tenemos mucho más que decir, y con más motivos y razones-. Y si no se nos notan, mejor. A qué engañarse.

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